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En Instituto Hispánico de Murcia te hablamos sobre el diminutivo.

Más allá de que tu carné de identidad muestre el lugar de donde vienes y el sitio donde vives, tu forma de hablar puede revelar muchos datos de tu procedencia, y no solo a través de la forma de pronunciar o la entonación, hay otros indicios que pueden descubrirte como oriundo de una zona concreta de la superficie hispanohablante.

Una pista inequívoca la ofrecen los diminutivos, esas cositas (en gramática, sufijos) que se añaden a las palabras para cambiar significados y añadir connotaciones.

Hay muchos disponibles en español: el más común es –ito/–ita (casita, llavecita), pero con él conviven muchos otros que sí son claros signos de pertenencia al habla de una zona específica.

Si dices una frase como “el niñuco de Carmen va a nacer en febrero” te estás mostrando como proveniente de Cantabria, más conocida como “La Tierruca”.

Si dices que “el muchachino de Carmen se llamará Mateo”, entonces, querido lector, eres occidental, como lo es el sufijo –ín(o)/-ina: asturiano, leonés, extremeño o de la preciosa sierra de Huelva.

Si le mandas “besiños” al bebé recién nacido, probablemente seas de Galicia y tengas este diminutivo por influencia de tu lengua gallega.

Si dices que es un crío “muy bonico”, estarías revelándote como usuario del diminutivo en –ico que usan los hablantes de las áreas andina, caribeña y centroamericana o, en el español de España, los de la zona este (Aragón, La Mancha, zona oriental andaluza, si eres de Murcia incluso con -iquio...).

Si afirmas que es un “chiquillo” muy guapo y que sale a su madre, estás empleando el sufijo –illo, el más general en el español hasta el siglo XVIII pero que hoy solo conserva cierta vitalidad en el español de Andalucía.

No valen para sacar pistas las palabras que tienen diminutivos escondiditos y que ya no percibimos como algo minorizado.

Cuando pones oreja a algo, usas la herencia del diminutivo en –ICULU (auricula > oreja) que era tan común en latín; si, utilizando un pañuelo, estás agarrando también un diminutivo de paño (sufijo -uelo); cuando te alivias con un abanico, llevas en las manos también a un sufijo en –ico; si guardas esa antigüedad que es un carrete de fotos, tienes a un sufijo en –ete...

Hay, en fin, muchas palabras que en su momento se entendieron como la suma de una voz con un diminutivo pero en las que hoy el diminutivo ya no se reconoce.

Técnicamente se llaman lexicalizaciones, o, de forma más fácil “palabras opacas”.

Frente a ellas, palabras como papelito, mesita o plantica tienen para los hablantes un diminutivo bien reconocible, por eso las podemos llamar palabras “transparentes” con diminutivos.

¿Para qué usamos estos diminutivos?

Se supone que para achicar o aminorar una realidad: una escuelita es más pequeña que una escuela, y su puertecita será más chica que una mera puerta; también pueden intensificar: estar solito esconde más soledad y tristeza que meramente estar solo.

Esto tiene también un reverso oscuro, y es el del diminutivo que insulta o veja: es ningunear a nuestra jefa llamarla jefecilla y no tienes mucha fe en nuestro éxito en Eurovisión si dices que España concursa con una cancioncilla. 

Los diminutivos, en fin, no siempre hablan de magnitudes, y muy frecuentemente ponerle una de estas terminaciones a una palabra no la empequeñece en tamaño sino en relevancia.

fuente: elpaís

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